La Cultura Bahía y su riqueza en el arte de Ecuador


CULTURA BAHÍA

Lugar donde se desarrolló la cultura Bahía

Entre Bahía de Caráquez y la Isla de la Plata, en la rica zona donde ahora están Bahía, Manta, Portoviejo y Jipijapa, floreció Bahía, otra cultura de especial refinamiento: el hombre llevaba hasta cuatro pares de aretes en cada oreja, collares, brazaletes, ajorcas; los jefes y sacerdotes usaban peinados a manera de yelmos, y sus asentamientos muestran notable progreso urbanístico -en Salango se hallado una pequeña urbe con calles bien trazadas, plazoletas, sistema de drenaje, edificios, recintos ceremoniales y cementerios.
El arte sirvió a una religiosidad intensa, cuyo centro ceremonial parece haber sido la Isla de la Plata; representó plásticamente serpientes y dragones.

En una sociedad estructurada jerárquicamente, hubo grupos que se dedicaron a arte y artesanía, y trabajaron en metales. Hicieron piezas tan bellas como una máscara de oro repujado rodeada de aureola de serpientes -que son finas cintas onduladas, que se mueven al compás del portador, con efecto mágico.
Esta cultura toma la pintura iridiscente de la Chorrera, y da ese bello efecto a recipientes pintados en blanco, negro, rojo, amarillo, verde y rosado. Novedad en las decoraciones que incisiones hechas en el borde de las vasijas son rellenadas, después de la cocción, con pigmento rojo, amarillo, blanco y negro.

Se hicieron numerosos tipos de figuritas, en parte a mano. Y, en el caso de la representación de sacerdotes, se las hizo de gran tamaño: hasta de ochenta centímetros de altura. Son figuras ricamente adornadas, y el color contribuye a destacar adorno e indumentaria. Estas piezas gigantes son uno de los rasgos más característicos de la cultura Bahía.

Otras figuras, modeladas a mano, permiten reconstruir la vida cotidiana: desde tareas de trabajo hasta hechos como el alumbramiento.
En esta cultura también se advierten influjos foráneos. Y hasta asiáticos. Así, por ejemplo, en descansanucas y templos con techumbre como de silla de montar. Pero, como dice Po¬rras, “debemos admirar la versatilidad de ingenio de nuestros indígenas que al aceptar los elementos foráneos supieron aprovecharse de ellos y utilizarlos con ventaja. No se contentaban jamás con el papel de simples copiadores. Dueños de nuevos elementos se lanzaron con ellos a producir verdaderas obras de arte con una fuerza tan fecunda y efectiva que asombra” (p. 120).

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